Tu cuerpo sabe cosas que tu cabeza aún no ha entendido

A veces pensamos que entendemos el mundo principalmente con la cabeza. Con ideas, razonamientos y explicaciones. Y quizás eso es lo que parece más lógico: la mente analiza, compara y toma decisiones. Pero si uno observa con un poco de calma cómo funciona realmente la vida cotidiana, nos podemos dar cuenta de otras cosas.

Muchas veces el cuerpo se adelanta a la mente.

No es una metáfora. Tiene bastante base científica. Desde hace años se sabe que gran parte de nuestras decisiones, reacciones emocionales e incluso intuiciones aparecen primero como señales físicas antes de convertirse en pensamientos claros. El neurólogo Antonio Damasio lo explicó bastante bien cuando habló de los llamados marcadores somáticos “señales corporales que guían nuestras decisiones incluso antes de que seamos plenamente conscientes de ellas” (Damasio, Descartes’ Error, 1994).

Imaginemos una escena muy simple: Una persona entra en una reunión o conoce a alguien por primera vez. Todo parece normal. No hay nada objetivamente extraño. Sin embargo aparece una sensación rara. No sabemos explicar por qué, pero algo no termina de encajar, ¿te suena?

Nuestra cabeza intenta analizarlo y busca argumentos. Quizás sea simplemente una mala impresión, quizás solo estoy nervioso. Y muchas veces la mente acaba ignorando esa sensación porque no puede justificarla con claridad.

Pero el cuerpo está reaccionado.

Lo interesante es que el cuerpo no “piensa” en el sentido clásico. Lo que hace es integrar información muy rápido. Microexpresiones faciales, tono de voz, postura corporal, recuerdos parecidos almacenados en la memoria emocional… todo eso se procesa en regiones cerebrales como la amígdala o la ínsula antes de que la corteza prefrontal, la parte más racional del cerebro, termine de interpretar dicha situación.

Es decir, el organismo detecta patrones antes de que podamos explicarlos.

Algo parecido ocurre con el estrés. Muchas personas dicen frases como “no entiendo por qué estoy tan cansado” o “no sé por qué me siento tan mal últimamente”. Sin embargo el cuerpo suele haber empezado a avisar mucho antes: tensión muscular constante, sueño irregular, digestión más pesada, dolores de cabeza frecuentes.

El cuerpo no está confundido. Está informando.

El problema es que nuestra cultura ha desarrollado una curiosa costumbre: confiar más en lo que podemos explicar que en lo que podemos sentir. Si algo no tiene una justificación clara, lo descartamos. Pero la biología, nuestra biología, no funciona así.

De hecho, el cuerpo humano lleva millones de años evolucionando para detectar peligros, cambios o desequilibrios antes de que aparezca una explicación racional. Investigaciones sobre la percepción interoceptiva, la capacidad de percibir señales internas del cuerpo, muestran que las personas que reconocen mejor estas señales suelen regular mejor sus emociones y tomar decisiones más ajustadas (Craig, 2002; Critchley & Garfinkel, 2017).

Dicho de una forma sencilla: escuchar el cuerpo no es algo místico. Es un sistema de información bastante sofisticado.

Curiosamente, cuanto más ruido mental tenemos, más difícil resulta percibir esas señales. En medio de todo eso el cuerpo sigue hablando, pero cada vez más bajo. Y aquí, sin duda, aparece una idea interesante; tal vez aprender a parar de vez en cuando no sea simplemente una cuestión de descanso. Puede que también sea una forma de recuperar un tipo de inteligencia que ya está dentro de nosotros.

“El cuerpo habla, tratemos de escucharlo.”

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