Mucha gente cree que la tranquilidad es algo que simplemente ocurre. Como un bonito día de sol. Un día amanece y todo está en calma, y otros días no hay nada que hacer porque la vida se complica “día de tormenta”.
Pero cuanto más observo cómo vivimos, más me da la sensación de que esa idea es un poco engañosa. La tranquilidad no suele llegar sola.
Me inclino por pensar que se parece bastante más a una habilidad. Algo que se aprende poco a poco. Algo que incluso se puede entrenar.
Pensemos en una situación muy común. Estás en casa por la tarde. El móvil vibra, alguien te manda un mensaje, luego otro. Entras a mirar una cosa y de pronto llevas veinte minutos saltando de una aplicación a otra. Noticias, vídeos, mensajes, cualquier cosa. Cuando paras, te das cuenta de que no ha pasado nada importante, pero tu cabeza está inquieta, como más activa de lo que debería o… igual ni te has dado cuenta de eso, pero la realidad es la percibas o no.
Ese pequeño desorden mental, de alguna manera, lo conocemos todos.
Ahora imaginemos lo contrario. La misma tarde, la misma casa. Pero el móvil se queda en la mesa. Sales a caminar un rato o simplemente te sientas a leer algo tranquilo. Con el tiempo suficiente, la mente y la cabeza empieza a bajar de revoluciones.
Pero no nos vengamos arriba, no estoy hablando de iluminación transcendental ni de algo místico. Es algo bastante más simple: silencio interior, espacio y tranquilidad.
Lo que me parece más importante de todo esto, es que ese estado no aparece por casualidad, por que sí. Aparece porque hemos hecho algo muy concreto: reducir el ruido, eliminar o apartar distracciones.
Y… “amigo” aquí es donde la idea se vuelve verdaderamente interesante. La tranquilidad no depende tanto de que el mundo sea tranquilo. La realidad es que el mundo rara vez lo es. Siempre habrá mensajes, problemas, obligaciones y un sin fin de hechos que de alguna manera parecen urgentes.
La cuestión es otra.
La cuestión es qué hacemos nosotros con todo eso. Y yo a este aspecto le llamo “responsabilidad”.
Algunas personas reaccionan a cada estímulo como si fuera imprescindible cada uno de ellos. Cada notificación merece una atención inmediata. Cada pensamiento o sensación parece urgente.
Pero hay otras personas que han desarrollado una especie de distancia o si prefieres de control. No porque tengan una vida perfecta, sino porque han aprendido a no engancharse a todo ese tipo de distracciones.
Esa distancia o capacidad no aparece de repente, porque sí, todo en esta vida tiene una causa aunque no siempre seamos capaz de identificarla.
Y esto me la lleva a la sospecha de… ¿y si se puede entrenar?
Se entrena cuando uno decide caminar sin mirar el móvil cada treinta segundos. Se entrena cuando alguien respira hondo antes de contestar algo que le molesta. Se entrena cuando aceptamos que no todo necesita una reacción inmediata.
Son gestos pequeños que repetidos muchas veces, van cambiando algo dentro de nosotros.
La mente empieza a responder de otra manera. Los problemas y distracciones siguen existiendo, claro. La vida no se vuelve mágica. Pero el ruido deja de dominarlo todo, porque ya todo depende de como reaccionemos nosotros.
Resultado: “La tranquilidad deja de depender de lo que pasa fuera, para empezar a depender un poco más de cómo lo vivimos por dentro.”

