La palabra egoísmo suele producir rechazo inmediato. En cuanto aparece en una conversación, la mayoría de las personas la asocia con alguien que solo piensa en sí mismo, alguien incapaz de preocuparse por los demás. Durante mucho tiempo esa ha sido la idea dominante. El egoísta como figura negativa, casi como un defecto moral.
Sin embargo, cuando uno observa con calma cómo funciona la vida cotidiana, puede empezar a preguntarse… ¿Es siempre malo pensar en uno mismo?
La respuesta rápida suele ser sí. Pero las respuestas rápidas casi nunca explican bien la realidad humana.
Si uno se para a analizar con atención, descubre que gran parte del bienestar personal depende precisamente de la capacidad de cuidarse a uno mismo. Algo tan simple como descansar cuando el cuerpo te lo pide o poner límites cuando una situación empieza a resultar dañina.
Durante mucho tiempo muchas personas han vivido con la idea contraria. La idea de que atender las propias necesidades es una forma de egoísmo. De que lo correcto es estar siempre disponible.
Y ese modelo, llevado demasiado lejos, puede producir consecuencias nocivas; tales como problemas emocionales de diversa índole.
A veces la psicología utiliza una expresión bastante gráfica para describir este fenómeno: “pérdida de límites personales”. Cuando una persona no distingue bien entre sus propias necesidades y las de los demás, termina absorbiendo responsabilidades que no le corresponden.
Desde fuera puede parecer generosidad. Pero nuestro interior habla de agotamiento.
En los últimos años la investigación psicológica ha empezado a prestar más atención a esta cuestión. Algunas corrientes terapéuticas, como la terapia de aceptación y compromiso o ciertos enfoques de la psicología humanista, insisten en algo claro: cuidar de uno mismo no es egoísmo.
Es, más bien, una condición indispensable para poder cuidar bien de otros.
La psicóloga Kristin Neff, conocida por sus investigaciones sobre la autocompasión, ha mostrado en varios estudios que las personas capaces de tratarse a sí mismas con comprensión tienden a mostrar más empatía hacia los demás y menos conductas agresivas o defensivas. Es decir, el cuidado personal no reduce la capacidad de conexión con otros. En muchos casos la mejora.
Esto plantea una idea interesante. Tal vez hemos entendido mal la palabra egoísmo.
Existe un egoísmo destructivo, sin duda. El que ignora completamente las necesidades de los demás. El que utiliza a las personas como medios para conseguir objetivos propios. Ese tipo de comportamiento siempre ha generado conflictos sociales y probablemente siempre lo hará.
Pero hay otra forma de pensar en uno mismo que se parece poco a eso.
Es la capacidad de reconocer tus propios límites, de protegerte y decidir qué responsabilidades aceptar y cuáles no. Sí, se trata de priorizar tu salud física y mental sin sentir culpa constante por hacerlo.
Todo esto, en mi opinión es muy interesante, pues las personas que desarrollan este tipo de cuidado personal suelen relacionarse mejor.
Cuando alguien actúa siempre por deber, tarde o temprano aparece el cansancio, el resentimiento. Cuando alguien actúa desde una decisión consciente y equilibrada, la relación cambia.
Hay también una explicación evolutiva detrás de esto. Los seres humanos somos una especie profundamente social, pero también somos organismos individuales que necesitan preservar su propia energía y sus propios recursos. Durante millones de años la supervivencia dependió de encontrar un equilibrio entre la cooperación y la autoprotección.
De tal forma que demasiado individualismo puede romper los vínculos sociales y demasiado sacrificio personal termina por debilitar al propio individuo.
El equilibrio siempre ha sido la clave.
Quizá por eso muchas tradiciones filosóficas antiguas ya hablaban de esta cuestión. Los estoicos, por ejemplo, defendían que cada persona tiene la responsabilidad de cuidar su propia mente y su propio carácter antes de intentar dirigir la vida de los demás. No era una invitación al egoísmo en el sentido vulgar de la palabra. Era una forma de recordar que la estabilidad interior es un requisito para actuar con sabiduría.
Algo parecido aparece en muchas ideas modernas sobre bienestar psicológico.
Cuando alguien empieza a establecer límites claros. Algunas relaciones cambian. Algunas personas reaccionan mal. Sobretodo porque estaban acostumbradas a una dinámica diferente. Y ese momento suele ser incómodo. Pero también revela algo importante. La generosidad que nace del agotamiento, puede ser generosidad para la persona que la recibe, pero para el que la procesa puede ser una camino oscuro que desgasta.
Con el tiempo muchas personas descubren que cuidar de sí mismas produce un efecto inesperado. Aparece más espacio mental. Más energía. Más capacidad de escuchar a otros sin sentirse desbordado.
Y esta transformación nunca es ni dramática ni automática. Se trata más bien de un proceso gradual.
La palabra egoísmo sigue siendo incómoda y probablemente lo seguirá siendo durante mucho tiempo. Tiene demasiado peso cultural acumulado. Pero quizá convenga mirarla de vez en cuando desde otro ángulo.
Pensar en uno mismo no siempre es el problema. A veces, más bien con mucha frecuencia, es el principio de una vida más equilibrada.
Y puede que la cuestión realmente importante no sea si una persona piensa en sí misma o en los demás. Tal vez la pregunta sea otra.
Si ha aprendido a hacer ambas cosas sin perderse en el intento.

