Nunca, en la historia de la humanidad, ha habido tantas cosas disponibles y, al mismo tiempo, tanta sensación de que siempre falta algo.
Uno abre el móvil y todo parece sugerir lo mismo: necesitas algo más. Un objeto, una experiencia, una mejora de lo que ya tienes. Simplemente el ambiente, la sociedad, en la que vivimos.
Pero si uno se detiene un momento a observar su propia vida… Nos podríamos y deberíamos preguntarnos: ¿Cuántas de esas cosas son realmente necesarias?
Tengo la impresión de que muchas de nuestras preocupaciones nacen justo ahí. En la diferencia entre lo que necesitamos de verdad y lo que creemos que necesitamos.
Imaginemos algo sencillo. Una persona decide cambiar de teléfono porque el suyo ya tiene tres años. El aparato funciona bien. Llama, escribe mensajes, hace fotos. Pero aparece un modelo nuevo, con una cámara un poco mejor y una pantalla ligeramente más grande y con más resolución.
De pronto el teléfono antiguo empieza a parecer insuficiente, se nos queda corto, “necesitamos” algo mejor. Y realmente no es porque haya dejado de funcionar, que entonces sí podría llegar a ser comprensible.
Ese cambio en la percepción genera una sensación: una especie de incomodidad que del todo es artificial. Algo que antes estaba bien y que sigue funcionando, ya no nos vale. Y esto ocurre con muchas más cosas de las que pensamos.
Lo curioso y lo que realmente es relevante al respecto, es que cuando alguien decide reducir ese juego a la mínima expresión – cuando deja de perseguir cada mejora posible – La vida se vuelve más ligera.
Los problemas no desaparecen, claro. Pero desaparece esa parte del ruido, que puede ser fácilmente controlable por nosotros mismos. La mente deja de estar comparando constantemente lo que tiene con lo que podría o querría tener.
Algunas filosofías antiguas ya intuían algo parecido. Los estoicos, por ejemplo, hablaban de la libertad que aparece cuando las necesidades se reducen voluntariamente. Epicteto decía algo bastante simple: no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita.
Es cierto que no suena muy moderno, pero tiene cierto sentido, ¿no?
Porque cada cosa que sentimos imprescindible añade una pequeña dependencia. Y cada dependencia crea una preocupación potencial. Mantenerla, mejorarla, no perderla.
En cambio, cuando algunas de esas necesidades desaparecen, también desaparece la tensión que las acompañaba.
No hace falta vivir con lo mínimo ni renunciar a todo. No va de eso. Tal vez se trate simplemente de mirar alrededor de vez en cuando y preguntarse algo que a mi parecer es esencial: De todas las cosas que creemos necesitar ¿cuántas estaban realmente ahí desde el principio y cuántas necesitamos realmente?
Y quizá la respuesta, si uno la piensa con calma, haremos una lista más pequeña de lo que parece.

