Gestión de la «infoxicación» y minimalismo digital

Con frecuencia me pregunto en qué momento exacto nos convencimos de que mirar una pantalla durante doce horas al día era una forma normal de estar vivos. No hablo de trabajar, que ya es bastante, sino de ese gesto casi inconsciente de meter la mano en el bolsillo cada vez que hay tres segundos de silencio.

Nos pasa a todos. Te sientas a esperar el café, o a que cambie un semáforo, y ahí está el teléfono en la mano, como si el vacío fuera un animal peligroso del que hay que huir.

El problema no es la tecnología en sí; la tecnología es solo cables y cristal. El asunto es que hemos confundido el acceso a la información con el conocimiento, y el conocimiento con la sabiduría.

Hace unos días estaba intentando leer un libro, un ensayo bastante sencillo, y me di cuenta de que a las tres páginas mi mente ya estaba saltando de un lado a otro, buscando ese estímulo rápido, ese pequeño disparo de novedad al que nos han acostumbrado las redes sociales. Había perdido la capacidad de fijar los ojos en una sola idea durante más de cinco minutos.

Me sentí un poco estúpido, la verdad. Si un hombre adulto no puede controlar hacia dónde mira, es que algo va mal.

Esto es lo que llaman infoxicación, una palabra bastante fea para describir algo muy simple: estamos empachados de datos. Es como entrar a un restaurante con un menú de mil platos y pretender probarlos todos en una tarde. El cuerpo no lo resistiría. Sin embargo, con la mente hacemos exactamente eso cada día, desde que nos despertamos hasta que apagamos la luz.

Consumimos opiniones de desconocidos, noticias de última hora que mañana no importarán a nadie y vídeos de diez segundos que se olvidan a los once. Es una forma de bulimia mental. Censuramos el exceso de comida o de bebida porque sus efectos se ven en el cuerpo, pero toleramos el exceso de basura digital porque la mente es invisible. Nadie ve el hígado destrozado por los bytes, pero se nota en la mirada dispersa y en esa irritabilidad constante que nos acompaña.

El minimalismo digital no debería ser una especie de religión moderna ni una disciplina monástica para elegidos. Tendría que ser, simplemente, una cuestión de higiene mental. No se trata de volver a las cavernas ni de tirar el teléfono a la basura. Eso sería absurdo y bastante hipócrita. Se trata más bien de recuperar la soberanía sobre nuestra propia atención. Porque, al fin y al cabo, aquello a lo que decidimos prestar atención es, ni más ni menos, lo que termina siendo nuestra vida.

Y no sé si queremos que nuestra vida sea un flujo interminable de contenido diseñado por un algoritmo en California.

Quizás la solución solo requiera pequeños actos de resistencia cotidiana. Cosas que parecen insignificantes pero que te devuelven el control. Por ejemplo, decidir que la primera hora del día no pertenece a internet. Dejar el teléfono en otra habitación al irse a dormir ayuda a que el amanecer sea tuyo, no del mundo.

También ayuda limpiar ese entorno que no se ve: revisar las aplicaciones y borrar las que solo buscan robarte cinco minutos aquí y allá, o configurar la pantalla en blanco y negro. Parece una tontería, pero cuando el aparato pierde sus colores brillantes, se vuelve extrañamente aburrido, pierde ese magnetismo infantil que nos hace desbloquearlo sin motivo. Y, sobre todo, aprender a tolerar el aburrimiento. Esos minutos muertos en la fila del supermercado no son tiempo perdido; son el espacio que la mente necesita para ordenar sus propios pensamientos, para digerir lo que ya sabe en lugar de tragar algo nuevo.

Al final, todo se reduce a una cuestión de límites. Tal vez el primer paso sea aceptar que no necesitamos saberlo todo, todo el tiempo, y ver qué pasa con el silencio que queda después. Es probable que al principio nos sintamos incómodos, incluso aislados, pero es un precio bajo si a cambio recuperamos la capacidad de pensar por nosotros mismos, despacio y sin interrupciones.

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