El silencio es oro

Hay una frase muy antigua que casi todo el mundo ha escuchado alguna vez: el silencio es oro. Durante mucho tiempo se dijo casi como un consejo moral. Algo relacionado con hablar menos, con ser prudente o con evitar discusiones innecesarias.

Pero con los años esa frase empieza a tener otro significado. Uno, que es bastante más literal.

Vivimos un periodo de la historia donde el ruido no solo es acústico. También es mental. Pantallas, mensajes, notificaciones, noticias, opiniones constantes… La mente rara vez descansa. Incluso cuando aparentemente no estamos haciendo nada, el cerebro sigue saltando de un estímulo a otro.

Si uno se detiene un momento a observar su propio día, podrás observar que el silencio prácticamente no existe.

Evidentemente, no me refiero solo a la ausencia de sonido. Me refiero a esos momentos en los que la mente deja de recibir estímulos nuevos. Momentos en los que no hay nada que mirar, responder o interpretar.

La verdad es que son más raros de lo que parecen.

Mi impresión es que hemos empezado a vivir en un estado de estimulación continua donde el cerebro humano no está preparado para ello. El problema no es tanto la tecnología en sí, sino la cantidad de información que atraviesa nuestra atención cada día.

Algunas investigaciones empiezan a apuntar en esa dirección. Así, en un estudio realizado en la Universidad de California, Irvine, se observó que los trabajadores de oficina eran interrumpidos o cambiaban de tarea aproximadamente cada tres minutos. Y cada interrupción requería un tiempo considerable para recuperar el nivel de concentración anterior (Mark, Gudith & Klocke, 2008).

Es decir, el cerebro entra y sale constantemente de distintos focos de atención. Eso, por supuesto, genera fatiga.

Durante años se pensó que el cerebro descansaba cuando no estaba haciendo nada. Hoy sabemos que no es exactamente así. Cuando no estamos concentrados en tareas externas, se activa lo que los neurocientíficos llaman la red neuronal por defecto (default mode network). Esta red cerebral se encarga de integrar recuerdos, reorganizar información y procesar experiencias (Raichle et al., 2001).

Dicho de una forma simple: cuando el entorno se calma, el cerebro empieza a ordenar la casa.

Curiosamente, el silencio tiene otro efecto interesante. Un estudio publicado en Brain Structure and Function observó que períodos de silencio en ratones estimulaban el crecimiento de nuevas células en el hipocampo, una región relacionada con la memoria y el aprendizaje (Kirste et al., 2013). No significa que el silencio sea una especie de medicina milagrosa, pero sí sugiere que el cerebro parece necesitar espacios sin estímulos.

Lo llamativo es que muchas personas han empezado a sentir incomodidad ante esos espacios. Si hay silencio durante unos minutos, aparece casi de forma automática la necesidad de llenarlo con algo. Música, el móvil, una conversación, cualquier distracción.

El silencio se ha vuelto extraño y no debería ser así. Quizá sea porque el silencio provoca que se genere un hueco para pensar.

Cuando todo está lleno de estímulos, la mente se mantiene ocupada reaccionando, pero cuando la tormenta desaparece, aparecen pensamientos e ideas que antes no tenían espacio. A veces también, aparecen preguntas que habíamos estado evitando.

¿Eso puede resultar incómodo? Sin duda sí, pero también puede ser bastante útil si aprendemos a gestionarlo.

Muchas de las cosas que entendemos sobre nosotros mismos no aparecen mientras hay lío, pero si aparecen en esos momentos de mayor tranquilidad. ¡Empieza a observar!

Tal vez por eso muchas tradiciones antiguas daban tanta importancia al silencio, como una forma de crear condiciones para pensar mejor.

En el fondo, el silencio no es tanto una ausencia. Es un espacio.

Un espacio donde el cerebro puede ordenar lo que ha vivido, donde las ideas pueden aparecer sin interrupciones y donde uno puede empezar a escuchar algo que en medio del ruido pasa desapercibido.

No es cómodo.

Pero tú y yo sabemos, que podemos hacer de lo incomodo virtud.

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