Cuando el cuerpo habla y no lo escuchamos

El cuerpo no interrumpe. No levanta la mano ni pide turno. No hace dramas innecesarios. Simplemente avisa. Y lo hace con una paciencia que muchas veces no nos merecemos.

Al principio es algo leve. Nada grave. Nada que impida seguir. Y seguimos. Seguimos porque hemos aprendido que parar es de débiles. Que descansar demasiado no nos lo podemos permitir. Que escuchar el cuerpo es algo que se hace cuando ya no queda otra opción. Mientras tanto, normalizamos el malestar como si fuera una condición inevitable de la vida adulta.

“Es lo normal”, decimos. Y lo decimos tantas veces que acaba pareciéndolo.

Vivimos cansados, pero lo decimos sin darle importancia. Como si el cansancio fuera un rasgo de la personalidad. Dormimos mal, pero lo compensamos con café. Comemos rápido, pero lo llamamos rutina. Nos duele el cuerpo, pero lo atribuimos a la edad, al estrés, al día que hemos tenido.

Siempre hay una explicación razonable, una excusa.

El problema es que el cuerpo no entiende de razones. No negocia con agendas llenas ni con excusas bien construidas. El cuerpo registra, acumula y, cuando toca, responde.

Hay una forma de cansancio especialmente peligrosa: la que se vuelve costumbre. Cuando ya no recuerdas cómo se siente estar descansado. Cuando la falta de energía deja de ser una señal y pasa a ser el estado base desde el que haces todo lo demás.

Empiezas a estar más irritable, pero lo justificas. Duermes, pero no descansas. Te despiertas cansado incluso los días tranquilos. El cuerpo va pidiendo espacio y tú sigues ajustándolo a lo que hay, como si fuera flexible, como si no tuviera límites.

Aguantar se convierte en una especie de virtud, pero cuanto más aguantas, menos escuchas.

Hemos comprado la idea de que resistir es fortaleza, en cierto modo y en ciertas circunstancias, así es. Pero no cuando hablamos de salud. Existe una línea muy fina entre la constancia y el abandono de uno mismo, esa línea solemos cruzarla sin darnos cuenta.
Como el cuerpo no se rebela de golpe, nada parece serio. Y ahí está la trampa. Pues somos seres rutinarios de hábitos y podemos, fácilmente, entrar en ciclos negativo para nosotros mismos.

La realidad es que solemos esperar, a mi me ha pasado también, una señal clara, rotunda e incuestionable. Algo que nos obligue. Pero cuando llega, casi siempre llega tarde y entonces el seguir deja de ser una opción.

“No me di cuenta”.
“Pensé que podía con todo”.
“No vi venir esto”.

¿Seguro, de verdad? Las señales estaban ahí.

Escuchar el cuerpo no es vivir pendiente de cada molestia ni convertir el bienestar en una obsesión. Solo es reconocer cuándo algo no va bien y no mirar hacia otro lado.

“Ignorar el cuerpo puede funcionar durante un tiempo. Escucharlo siempre”.


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